Opinión


De dos sopas

De dos sopas | La Crónica de Hoy

El presidente López Obrador ha dicho que no hay más que de dos sopas. O se está con la Cuarta Transformación o se está contra ella. Que es como decir, bíblicamente, “el que no está conmigo, está contra mí”.

Hay una lectura inmediata de esta frase y hay otra que, a mi entender, tiene más fondo.

La lectura inmediata apunta a la formación de bandos bien definidos y a la negación de los matices de la pluralidad democrática. Hay dos bloques enfrentados y no cabe nada en medio. Se cierra el espacio para la negociación y el principio de mayoría se reduce a que quien gana se lleva todo y los ganadores son los propietarios de los derechos y las instituciones. En otras palabras, el triunfo de la antipolítica.

Esto también significa que, para López Obrador, el momento político tiene que verse como un enfrentamiento, no como búsqueda de consensos. Que lo importante es la facción, no la nación. En el camino, para salvar la contradicción, se define al adversario como la antítesis de la nación. Y de ahí la retahíla de referencias históricas: partido del progreso contra partido del retroceso, liberales contra conservadores, etcétera.

Hay quienes, autodefinidos principalmente por su oposición al gobierno, ven en esta reiteración del maniqueísmo de AMLO una oportunidad para cerrar filas. Para llamar a aquellos que todavía están inciertos a definir bando. Le toman la palabra al Presidente para pretender un despliegue equivalente del otro lado de la trinchera. Con ello —lo saben, pero no les importa—, avalan el discurso de polarización y se disponen a pelear de visitantes, con AMLO jugando como local.

Aquí se abre la oportunidad perfecta (desde el punto de vista de López Obrador) para reducir el debate público y convertirlo en diatriba, para cerrar los canales de discusión y abrir los de la injuria, el chiste fácil, la calumnia y la descalificación. Para reducir la polis al intercambio mutuo de satanizaciones. Para crear un ambiente propicio para la reproducción del populismo.

La lectura de más fondo tiene que ver, en mi opinión, con el efecto de las palabras de AMLO dentro de la coalición ganadora. El discurso no tiene como destinatarios principales a quienes se han opuesto al Presidente y a sus políticas, sino a muchos de quienes lo han acompañado. A los primeros, ya se sabe que hay que mandarlos “a Palenque”; los segundos son los que hay que consolidar.

Por supuesto, también apunta a la negación de matices de la pluralidad democrática, pero lo hace dentro del bloque en el poder. Es un llamado de atención a los dubitativos, a los que se han atrevido a criticar algunos puntos de política, a los que pretenden negociar afuera de la burbuja. Es un llamado a la unidad alrededor de su persona, porque él encarna la Transformación.

Esto nos dice que López Obrador ya no percibe una unanimidad de hierro a su alrededor, ya no siente esa incondicionalidad con la que llegó al poder. Y tiene razón, porque hay diferentes maneras de entender la transformación, tanto en el fondo como en la forma, y también hay distintos intereses, a veces enfrentados entre sí.

No me refiero a voces que claramente han marcado distancia del estilo y de varias de las decisiones del Presidente, como es el caso de Porfirio Muñoz Ledo, sino a legisladores con iniciativas propias, mandatarios locales con estrategias propias, miembros del gabinete con posturas propias, organizaciones sociales afines con agendas propias. Existe el riesgo, para AMLO, de que, al hacer política por su lado, provoquen una división de poder y de control, que López Obrador quiere exclusivamente para sí.

¿Qué resulta, entonces? Que las leyes objetivas para la construcción de la Transformación son las leyes subjetivas de Andrés Manuel López Obrador. Que, en esa lógica, la lucha dentro de la coalición ganadora, debe ser la de conquistar la mente y el corazón del líder. Y que, en ese proceso, tienen las de ganar los aduladores y, por ende, quienes podrían apostar por una fuga hacia adelante ante los graves problemas que atraviesa la nación.

 A AMLO no le conviene una oposición unida, pero sí una que —en aras de la unidad— deje afuera programas, ideas y proyectos de país; una oposición sin propuestas, pero que defienda acríticamente, y con todo, a cualquiera que se oponga al gobierno, sea incapaz de ver el más mínimo punto positivo en el país y se resista a cualquier tipo de negociación con el grupo en el poder.

En su astucia política, apuesta a que esas características entre los opositores puedan más que su unidad… porque servirían para consolidar la unidad que está perdiendo dentro de su coalición. Un país dividido en dos bandos impermeables, necios e irreconciliables es parte de su sueño húmedo.

Lo que busca López Obrador es, pues, aglutinar a su gente: tener una masa acrítica que, con tal de no caer de su favor y ser considerados “traidores”, esté dispuesta a complacer sus caprichos y se olvide de propuestas que puedan causar disonancia. Y ya sabemos, por la boca misma de Andrés Manuel, que quien alguna vez haya estado con él y no esté dispuesto a seguirlo, merece de inmediato el calificativo de “traidor”.

Pero la combinación de crisis sanitaria, económica y de seguridad que ha obligado a más de uno de los cercanos a cuestionarse el buen juicio de las decisiones presidenciales no parece parar. Al contrario, se vienen tiempos aún más difíciles. Y hay responsabilidades sociales que asumir y futuros políticos que proteger. Esto último, en la lógica de Andrés Manuel, no se vale. De allí la urgencia política de este llamado para acomodar los tercios en la campaña interminable. Y sobre todo para disciplinarlos.

Ya se los dijo: “no hay para dónde hacerse”. En otras palabras: “ni le muevan”.

 

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