Cultura


“Los vínculos físicos son fundamentales en la construcción de la emotividad humana”

UN AÑO SIN ABRAZOS. El poeta Armando González considera que las sensaciones placenteras obtenidas al abrazar un conocido o besar a tu familia, se pueden replicar al identificarnos con un poema, o una situación narrativa y, en ese sentido, lo literario y lo físico pueden tener una confluencia significativa

“Los vínculos físicos son fundamentales en la construcción de la emotividad humana” | La Crónica de Hoy

El beso, de Gustav Klimt.

El contacto físico y el abrazo en las artes es sumamente importante. Más allá de los matices que se muestran en distintas épocas y culturas es un gesto fundamental, los vínculos físicos son fundamentales en la construcción de la emotividad humana y por ende aparecen en la literatura y el arte, reflexiona el poeta Armando González.

En el marco del Día Internacional del Abrazo -21 de enero-, y a casi un año de encierro por la pandemia de COVID-19 en el que se nos ha impuesto la distancia física entre seres queridos, González platica con Crónica sobre algunas obras literarias en la que se refleja el papel crucial de los abrazos y el contacto físico dentro de las relaciones humanas. 

Estas medidas de distancia y restricciones para acercarse al otro, añade, generan privación, depresión, incertidumbre y profundizan nuestro sentido de aislamiento. Sin embargo, creo que también implican una oportunidad para sustituir la interacción física y vínculos corporales mediante la imaginación y la palabra. En este sentido, es una gran oportunidad para transformar la expresividad física en una expresividad verbal”, considera el poeta Armando González Torres, vía telefónica.  

Comenta que el abrazo es un gesto que muestra distintos grados de cercanía emocional, que van desde una forma muy elocuente de urbanidad, hasta ser muestra de camaradería, empatía, afecto y amor. 

“Desde las obras más antiguas hay una serie de contactos significativos que demuestran la importancia que los vínculos corporales tienen en diversas culturas, con sus diversos matices. En la Ilíada, pienso en los adioses de Héctor y Adrómaca: este guerrero troyano sabe de su muerte inminente y se despide de su esposa con gestos afectivos que no son comunes de la cultura griega.” 

 Señala que esta misma importancia se puede ver en obras clásicas contemporáneas como El amante, de Marguerite Duras;  El amante de Lady Chatterley, de D.H Lawrence; Medianoche de amor, de Michel Tournier; y que también está presente en grandes obras de la plástica como El abrazo,  de Pablo Picasso;  Amantes II, el de Egon Schiele; y El beso, de Gustav Klimt. 

Por otra parte, observa que en mucho de la tragedia aparece también la idea del abrazo y los besos como un antecedente de la traición. “En efecto, el contacto físico también puede pervertir su contenido empático y ser una prefiguración de traición, crimen. Desde el beso de Judas, pasando por un sinnúmero de obras dramáticas, está esa otra cara del contacto físico que no es el afecto, sino el contrario. Esto también hace fascinante la interpretación literaria que ha habido del contacto”. 

ABRAZOS EN LA LITERATURA. González calcula que el abrazo como gesto en sí no ha sido central en la literatura, “pero la afectividad corporal es fundamental en la construcción de la emotividad humana, y por ende aparece frecuentemente con una importancia constante.”  

Agrega que si bien las medidas de distanciamiento social siempre han acompañado a epidemias -quizás más duras y prolongadas que esta, con mayor saldo de vidas humanas-, “nunca como ahora había habido esta conciencia global en torno a sus efectos en los lazos afectivos y vínculos corporales. Yo creo que se volverá un motivo extraordinario de reflexión”, opina.

A pesar de las pocas referencias sobre abrazos significativos, Crónica identificó algunos abrazos que pueden pasar desapercibidos, pero que contienen una fuerte carga simbólica dentro de relatos de la literatura universal.  

Un ejemplo sobre la calidad afectuosa que tienen los abrazos está en el cuento para niños El túnel, de Anthony Brown, en el cual dos hermanos que no consiguen llevarse bien entran en un túnel misterioso. Él queda convertido en piedra, y ella abraza la estatua hasta que vuelve a la normalidad y así lo rescata.  

Sin embargo, como menciona González, los abrazos pueden contener otro tipo de significados, alternos al afecto y la empatía. 

En la novela Lolita, publicada en 1955 -censurada en su época por ser considerada pornográfica ya que narra, desde la perspectiva de un pedófilo, padrastro de la víctima, la destrucción de una niña, entre moteles baratos y pueblos desolados donde a nadie parece importarle su suerte; considerada simultáneamente una obra clásica de la literatura- los abrazos contienen, simbólicamente, la ominosa tensión sexual del abusador, a la que el lector tiene acceso. 

Cuando el abogado del extranjero, de Albert Camus, defiende a su cliente (en la segunda parte del libro) diciendo que es un hombre –ser humano-, que además de su cliente es un amigo, y mira a Mersault “como preguntándole qué más puede hacer por él”, despierta en este individuo, por primera vez en su vida, el deseo de abrazar a alguien. No lo hace.  Posteriormente, en el rechazo al abrazo del sacerdote que busca redimirlo, cabe toda una interpretación sobre abrazar la condena de muerte y el absurdo del mundo, la ley, la sociedad.  

En la novela epónima, Madame Bovary, la adúltera más famosa de la literatura, recuerda el abrazo de Rodolfo – “l'étreinte de ses bras” (capítulo 9)- al momento de pronunciar la célebre frase que marcó la indignación de la sociedad de su época: ¡Tengo un amante! 

OBRAS PARA ABRAZARNOS. González Torres destaca que la literatura expresa emociones y percepciones difícilmente explicables en un lenguaje más convencional, lógico o científico. “Cumple una función similar a las caricias y contacto físico: un abrazo puede tener mil interpretaciones, igual que en la literatura."

Considera que las sensaciones placenteras obtenidas al abrazar un conocido o besar a tu familia, se pueden replicar al identificarnos con un poema, o una situación narrativa y, en ese sentido, lo literario y lo físico pueden tener una confluencia significativa.

“Creo en el poder abrazador y lenitivo de las palabras. Esa capacidad jamás va a reemplazar completamente el contacto, pero lo puede menguar y paliar la ausencia de esos vínculos con otros.” Para ello, sugiere que la literatura en torno a epidemias anteriores puede resultar llamativa para quienes buscan estas posibilidades:

“Desde las referencias que hace Tucídides en la guerra del Peloponeso hasta los relatos de Nerón y Bocaccio; pasando por este libro extraordinario de Samuel Pepys, que son sus diarios escritos sin ninguna pretensión literaria, donde de manera muy nítida el reproduce los pensamientos de una mente común frente a la sensación de inminencia y de muerte y cómo se presenta esta oposición entre la necesidad de aislamiento, ascetismo y la pulsión instintiva por agotar la vida hasta lo último, que lo hace desacatar estas disposiciones sanitarias.” 

Recomienda también, de Katherine Anne Porter, la novela Pálido caballo, pálido jinete, ambientada en 1918, durante la gripe mal llamada española. “Es de una muchacha que conoce a un soldado que partirá al frente. Ella enferma gravemente de gripe española, y el soldado se conmueve. La abraza, la besa. Al final, la muchacha se salva, y meses después le llega la noticia de que este soldado empático y solidario murió en el frente, contagiado de la gripe española, seguramente por  este contacto físico. Creo que esta historia es ejemplar y conmovedora, que habla tanto de la peste como de interacción entre contacto físico y la palabra”, concluye.  

 

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