Escenario


Z. Amigos imaginarios aterradores e infancias traumáticas

Corte y queda. En Crónica Escenario analizamos el más reciente filme de Brandon Christensen que llegó el pasado fin de semana a las salas de cine mexicanas

Z. Amigos imaginarios aterradores e infancias traumáticas | La Crónica de Hoy

Foto: (Cortesía)

Contrario a lo que pudiera pensarse por la letra en su título, Z no es una película sobre zombies, ni trata sobre ellos, ni se refiere a estas criaturas recurrentes en el cine de terror. Lo abordado aquí por el cineasta Brandon Christensen no tiene que ver con los muertos, sino con los vivos y con los horrores que pueden acecharlos, en sus propias casas.

Como ocurría con La maldición del diablo (su debut cinematográfico del 2017), Christensen busca lo terrorífico al interior de un cálido hogar, lugar donde una familia ve quebrantada su anhelada felicidad cuando “algo” se cierne sobre ellos, y amenaza con destruirlos; atacando primero a sus miembros más vulnerables: los niños.

En esta ocasión, se trata de un menor de nombre Joshua (Jett Klyne) quien empieza a pasar tiempo a solas con un amigo imaginario, al cual llama simplemente “Z”. En sí, ello no constituiría algo anormal. Pero tras la “llegada” de este amigo imaginario, la conducta del menor comienza a cambiar, y se vuelve huraño, solitario, muy agresivo y grosero, y por ello es marginado por los otros niños y llega a tener serios problemas en su escuela, y él responsabiliza a “Z” de su proceder. 

Sus seres queridos, empezando por su padre Kevin (Sean Rogerson) creen que se trata de una fase pasajera e intentan sobrellevar dicho comportamiento, e incluso el infante termina siendo evaluado por el doctor Seager (Stephen McHattie), un psicólogo quien tampoco encuentra nada particularmente extraño en él… aunque al escuchar el nombre del amigo ficticio de Joshua, curiosamente le suena familiar.

Pero su madre Beth (Keegan Connor Tracy), percibe las cosas de forma distinta, y está convencida de que “Z” es real, y por ello la vida de su hijo corre peligro. Cuando las cosas comienzan a tornarse más violentas y oscuras, la mujer descubrirá que la entidad está vinculada a un traumático evento de su propio pasado el cual permanecía aparentemente “olvidado”, pero que sale a la superficie por esta situación, y este ser parece haber vuelto desde sus recuerdos, para buscar saldar cuentas pendientes con ella.

Varios críticos han encontrado similitudes (tanto argumentales como temáticas) entre este trabajo y uno de los clásicos contemporáneos del cine de terror: The Babadook (Jennifer Kent, 2014). En particular por la relación madre-hijo la cual se ve profundamente afectada por una tenebrosa presencia, jugando allí con la posibilidad de que dicha entidad pueda no ser real, sino meramente un producto delirante de la febril imaginación de una mujer profundamente trastornada por el stress y afectada por un evento traumático de su pasado. Y sigue un camino muy similar al del filme australiano antes mencionado, sobre todo al acercarse a su desenlace, donde además sugiere (aunque quizás no con el énfasis necesario) que el trauma infantil de Beth es producto de un abuso sufrido a temprana edad.  

Sin embargo, Z, a diferencia de The Babadook no aprovecha a plenitud los elementos antes citados, a consecuencia de un guión endeble y elemental, que no consigue ser lo suficientemente incisivo ni ingenioso para desarrollarlos y potenciarlos, e incluso elude algunos de los temas que él mismo propone. Y se queda en un tratamiento esquemático y no muy inspirado, el cual emplea tanto los rutinarios jump scares como los lugares comunes en los momentos climáticos del género, como pasa por ejemplo con la casa en llamas de su tercer acto.

A pesar de ello, la cinta no es un despropósito total. Y esto es gracias al trabajo histriónico de Keegan Connor Tracy, quien como madre que se va deteriorando física, emocional y mentalmente por la situación, logra convencer. Y su actuación permite a la película avanzar, a veces de forma natural, a veces llevándola ella misma a cuestas. Sus escenas en solitario (sobre todo las del desenlace) consiguen que la empresa no naufrague del todo.

Concretando, Z es un largometraje que no llega a la altura -y no tiene los alcances- de la mencionada ópera prima de Jennifer Kent con la cual ha sido reiteradas veces comparada, resultando más bien una especie de versión clase B de dicho filme; y se conforma meramente con el propósito de tratar de asustar y entretener por un rato, sin aspirar a más.

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