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La calma y el celular de Serranía se imponen en la Zona Cero

Lo que prometía ser el orgullo del Metro, terminó por convertirse en una pesadilla, cobrando la vida de 24 personas, incluida la de un menor de 12 años que planeaba juntar lo suficiente para comprar un regalo a su madre el próximo 10 de mayo. A 48 horas de la tragedia, hay cierta quietud en torno a la estación Olivos, los vecinos ya no voltean a ver los escombros, sólo unos pocos les sacan fotos y la directora del metro tiene una sesión intensiva con su celular

La calma y el celular de Serranía se imponen en la Zona Cero | La Crónica de Hoy

Foto Alberto García

A casi 48 horas de la pesadilla, los trabajos para remover las estructuras colapsadas continúan y decenas de transeúntes circulan cerca del aérea acordonada por policías de la CDXM. Muchos no se inmutan al pasar frente a los restos del desastre, no vuelven el rostro, a paso veloz continúan su camino; sólo unos pocos se toman tiempo para sacar su celular y fotografiar la Zona Cero.

En la periferia trabajadores del Metro realizan pruebas para determinar que ocasionó la falla. Encabezados por la titular del metro Florencia Serranía, el personar del Gobierno de la CDMX sigue sus indicaciones, desde mover la imponente grúa que ralentiza el transito sobre Avenida Tláhuac, hasta los trabajos de topografía para valorar las condiciones del suelo.

“Estamos aquí desde las 5 de la mañana. Desayunamos un sándwich, un boing y una manzana, está bien pesado el trabajo y todavía falta”, dice uno de los trabajadores.

Caminando de un lado a otro, subiendo por encima de los escombros y bajo los rayos del sol, la figura de Florencia Serranía iba y venía, revisando las zonas más afectadas. Pero, 20 minutos después, cuando llegó el momento de discutir cómo retirar una de las trabes colapsadas, sus colaboradores a mitad de la calle discuten y baten los brazos para enfatizar lo que dicen, mientras la funcionaria opta por tomar asiento dentro de la carpa y no soltar su celular ni por un momento, ni aun cuando uno de sus subordinados se acerca a comentarle algo. La titular del Metro alza brevemente la vista, dice algún monosílabo y continúa atendiendo sus mensajes.

“Mi sobrina toma diario ese metro para ir a trabajar, gracia a Dios estaba de vacaciones, si no, imagínese le pudo haber tocado. No es justo que mientras las familias están desconsoladas en los hospitales, esta señora esté como si nada”, dice con voz molesta una mujer, una de las espectadoras en la zona que ha identificado a la directora del Metro.

La mañana se hace tarde y el tránsito comienza a fluir. Los camiones de RTP surcan la avenida, aunque con pocos pasajeros; desde el interior, algunos aprovechan la marcha lenta para asomarse por la ventana y tomar una fotografía.

Para los mototaxistas que hacen base frente a una gasolinera, el caos representaba una oportunidad: “hay trabajo hasta para regalar”. De a 15, 20 y 45 pesos son los viajes a las colonias aledañas. “Ya ni la friegan, ven la tempestad y todavía le quieren sacar provecho”, comenta una mujer a su hijo.

Pero la mayoría de comentarios en este punto de San Lorenzo Tezonco van dirigidos a otro tema, ante el fatídico accidente, todos, transeúntes e incluso policías, se han convertido en peritos expertos en catástrofes:  

“Si hubieran anclado las trabes, esto no hubiera pasado”, “Si los soportes se hubieran colocado de 3 en 3, el peso habría sido proporcional”, “las varillas eran delgadas y los cimientos frágiles, eso fue un problema de ingeniería”.

En los alrededores de San Lorenzo Tezonco el tema no es otro. Se añade cierta incertidumbre sobre cómo moverse hacia el trabajo. Los vecinos no dejan de repetir que esto se habría evitado si las autoridades hubieran actuado, algunos añaden que la única solución sensata sería la demolición total de la Línea 12 pues, aunque esta se rehabilite, ellos no la volverían a usar.

“Prefiero tardarme 2 horas, que volver a usar el metro”, comenta alguno de los vecinos.

Las horas pasan y los trabajos continúan, las revisiones no cesan y los peritajes comienzan. Son aproximadamente las 15 horas y para la titular del Metro ha sido suficiente, se retira su casco, el overol industrial y se retira con rapidez del lugar. Florencia Serranía se despide con una sonrisa de sus subordinados que manipulan un teodolito. Aborda su auto y deja atrás la Zona Cero.

Las tres de la tarde también es la hora de la comida, así que, en segundos, los locales de comida se vieron saturados, la atención de los mirones pasa de los ingenieros que analizan el desastre a los menús de comida corrida.

“Le juro que cuando escuchamos el escandalo pensamos que algo había hecho explosión, ya estábamos a punto de cerrar, yo tomo esa línea para regresar a mi casa”, dice doña Lupe a uno de sus comensales mientras le sirve una buena porción de chicharrón en salsa verde.

Un nuevo evento llama la atención nuevamente hacia la calle, una pequeña manifestación, de dos chicas, a lo más de 18 años, detiene por breves instantes la circulación, “No fue un accidente, fue negligencia”, gritan dos jóvenes vecinas sobre la Avenida Tláhuac. “Alzamos la voz por los que ya no están” gritan.

Ellas también están convencidas de que esa línea dejó de ser segura desde los sismos de 2017.

En el restaurante de doña Lupe los comensales levantan la vista y alargan el cuello para mirar, pero nadie secunda la acción. A 48 horas la calma es lo que tiende a imponerse en torno a la Zona Cero, así que una pequeña llovizna para fue suficiente para disipar a todos del área de desastre.

 

 

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